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En algunas ocasiones necesitamos acelerar la propagación. Por ejemplo, que se propague o difunda rápido un consejo frente a una catástrofe : “Cierre todas las ventanas”. Si se aproxima una nube tóxica. (…). Y en muchas situaciones, necesitamos hacer lo contrario. Es decir, frenar la propagación. La propagación de esos virus que dificultan el funcionamiento de nuestro cuerpo, la propagación del fuego que quema nuestro bosques. Y, aun más importante, necesitamos ver y frenar la propagación de esos contenidos virales, que esclavizan nuestro pensamiento y debilitan nuestra democracia. Ahora estoy pensando, en el virus de la servidumbre. Para muchos, el virus de la estupidez. Un virus que en occidente es muy potente. Ese virus que nos lleva a aplaudir al líder, no por lo que dice, sino por el lugar que ocupa.
Un virus que está en el nacional populismo de Trump y en el de sus seguidores. Un virus que está también en los populismos de izquierdas. Abundantes en la América latina, e insinuantes en España.
Según un catedrático de la UAB, para frenarlo, hay que “avanzar al unísono en la igualdad y en la fraternidad. Igualdad, porque asegura las libertades de todos. Y fraternidad, porque promueve relaciones horizontales y recíprocas”. ¡Y reduce las verticales!.
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