Colegio Juan Pablo II
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Gonzalo Sánchez Diéguez

Carta enviada por Gonzalo Sánchez Diéguez

Miércoles, 14 de Enero de 2026

  

Carta a los recuerdos

Queridos recuerdos,

Siempre que me adentro en el garaje de mi casa sucede algo que no estaba previsto. Entro con una intención práctica, casi doméstica, pero ese espacio tiene la costumbre de desviarme. Es un lugar donde el tiempo no se comporta de manera ordenada y basta tocar un objeto para que aparezca otro significado.

Mi debilidad es conocida: empiezo moviendo cajas y termino abriendo álbumes. No por nostalgia deliberada (o sí), sino por una curiosidad que acaba transformándose en emoción, como si la memoria aprovechara cualquier descuido para hacerse presente.

Hoy ha sido un armario discreto, arrinconado, el que ha cedido. Dentro, un álbum de fotografías de cuando mi madre era adolescente.

Al abrirlo no he sentido un impacto brusco, sino una impresión lenta y profunda, de esas que se instalan sin hacer ruido. Verla joven ha sido enfrentarme a una evidencia que a veces olvidamos: que quienes hoy asociamos a la estabilidad, a la experiencia o a la responsabilidad también tuvieron una edad frágil, expansiva, llena de posibilidades abiertas. No como concepto, sino como realidad tangible: cuerpos distintos, gestos aún sin endurecer, una forma de mirar que todavía no conocía el peso de los años.

Las fotografías revelaban algo más que escenas detenidas. Mostraban una manera de habitar el mundo sin conciencia de futuro, con amistades que lo ocupaban todo, con presencias que parecían definitivas. En una de esas imágenes he pensado en ese amigo o amiga que fue central durante un tiempo y que hoy ha desaparecido por completo del relato, no por conflicto ni tragedia, sino por esa erosión silenciosa con la que la vida aparta a las personas sin dar explicaciones. Hay vínculos que no mueren, simplemente dejan de existir, y su ausencia no deja huella visible, pero sí una forma particular de melancolía.

Yo, que soy de sensibilidad y que siento las cosas con una intensidad que a veces me desarma, no puedo mirar estas imágenes desde la distancia. No quiero hacerlo. Frente a las fotos no veía solo a mi madre, veía a alguien que aún no sabía quién iba a ser. Alguien anterior a los roles, a las responsabilidades, a la versión que yo he conocido. Esa revelación provoca una ternura serena, pero también cierto vértigo, porque obliga a aceptar que las personas no se reducen a la etapa en la que las encontramos. Somos la suma de todas nuestras edades, aunque solo una sea visible.

El garaje, entonces, deja de ser un espacio funcional y se convierte en un umbral. Allí los objetos esperan, no envejecen del todo, permanecen suspendidos hasta que alguien los mira y los activa. Y al hacerlo no solo convocan el pasado, también interpelan el presente. Me recuerdan que yo mismo seré, algún día, una versión parcial para otros. Que alguien quizá se sorprenda al descubrir que también tuve una juventud, una sensibilidad sin domesticar, una forma de estar en el mundo que no coincide con la que mostraré después.

Cerrar el álbum no ha sido un gesto de final, sino de cuidado. Hay cosas que no necesitan ser explicadas ni prolongadas. Basta con reconocerlas. Al guardarlo he entendido que querer a alguien también implica aceptar que hubo un tiempo en el que vivió sin nosotros. Que ese tiempo no es accesorio ni secundario, sino fundamental. Y que comprenderlo nos permite mirar a quienes amamos con una profundidad distinta, más justa, más humana.

Atentamente,
Gonzalo Sánchez Diéguez.

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