Colegio Juan Pablo II
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José Luis Gutierrez

Cartas desde Nepal: "Monika"

Miércoles, 07 de Noviembre de 2012 Tiempo de lectura:

Los niños ignoran el arte de la diplomacia. Aunque a veces puede resultar violento, a mí me gusta su sinceridad ajena a la cortesía, muchas veces hipócrita, que predomina en las relaciones entre adultos.

Monika es una niña cariñosa, pero al mismo tiempo absolutamente franca. Uno de nuestros primeros días de trabajo en la Dancing Room, cuando estábamos preparando abalorios con los niños, vino Rebeca a interesarse por nuestro trabajo y, antes de que llegara al lugar donde yo permanecía sentado en mi silla de ruedas, Monika se interpuso en su camino y le soltó:

 

-¿Por qué estás tan gorda?

 

La gobernanta se detuvo un instante frente a la niña como dudando de si darle un bofetón o responderle con alguna gracia, pero finalmente no dijo nada e inició conmigo una conversación en tono alegre, como si no hubiera oído la enojosa pregunta.

 

No hace muchos días, en el mismo lugar, mientras yo contemplaba los ensayos de baile, Monika se acercó a mí tanto que pensé que quería darme un beso, algo que ya había hecho algunas veces, no como saludo de recibimiento ni como despedida, sino simplemente cuando a ella le apetecía. Acerqué mi mejilla a su cara, pero en lugar de darme el beso que yo esperaba, se quedó mirando con detenimiento mi deteriorado cutis. Empezaba sentirme intimidado por su mirada analítica cuando me dijo:

 

-¿Por qué pareces tan viejo?

 

-Porque tengo cuarenta y nueve años –afirmé yo sonriendo sin dar crédito a la osadía de la niña.

 

-¿Cuántos años  tienes tú? –le pregunté yo.

 

-Nueve –dijo Monika secamente al tiempo que se separaba de mí para incorporarse a los bailes.

 

Al día siguiente, cuando Monika se acercó nuevamente a mi silla de ruedas, aproximé mi cara a la suya, la miré fijamente, imitando su gesto del día anterior, y le pregunté:

 

-¿Por qué eres tan guapa?

 

-Porque me lavo la cara todas las mañanas con agua fría –respondió Monika completamente seria.

 

-¿Tú crees que si también yo me lavo la cara con agua fría me volveré más guapo? -dije yo sin poder ocultar mi perplejidad.

 

-No lo creo -afirmó ella con su sinceridad habitual.

 

Katmandú, a 5 de noviembre de 2012.

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