Colegio Juan Pablo II
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Jesús Paniagua

Andrea o la política de la serenidad

Miércoles, 08 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

En una época dominada por la crispación y el enfrentamiento permanente, la figura de Andrea Fernández ha representado algo cada vez más escaso en la política municipal: cordura, educación y sentido institucional.

 

Joven, madre, politóloga y concejala en el Ayuntamiento de Valdemoro, Andrea ha destacado en unos plenos, muchas veces tensos y enrarecidos, por mantener un tono sereno, constructivo y respetuoso. Frente al ruido, ha optado por la argumentación; frente a la confrontación, por el municipalismo y la cercanía a los problemas reales de los vecinos.

 

Y quizá, precisamente por eso, no repetirá, según parece, en las listas electorales.

 

La política tiene a menudo una extraña tendencia a apartar a quienes sobresalen por autenticidad, preparación o independencia. El conocido “síndrome de Procusto” describe bien esa realidad: todo aquello que destaca demasiado acaba resultando incómodo. No es casual que los partidos hayan sido definidos muchas veces como “máquinas trituradoras de carne”, capaces de desgastar precisamente a quienes todavía creen en una política útil y humana.

 

Ser joven, mujer y madre nunca ha sido sencillo en política. Hacerlo además desde un discurso sereno y constructivo es peligroso. En tiempos donde la bronca genera más titulares que las propuestas, perfiles como el de Andrea terminan pagando el precio de no participar en el barro cotidiano.

 

Porque los ayuntamientos son el lugar donde la política deja de ser teoría y se convierte en vida diaria: la limpieza de las calles, los parques, la convivencia, el transporte, la vivienda o la atención a las familias. Y ahí es donde Andrea ha demostrado entender que un concejal no está para alimentar trincheras ideológicas permanentes, sino para servir a sus vecinos.

 

Más allá de las diferencias ideológicas, muchos vecinos reconocen en ella implicación, cercanía y respeto.

 

Por eso su salida deja una sensación amarga. Porque la democracia necesita más representantes capaces de discrepar sin insultar, defender sus ideas sin convertir al adversario en enemigo y aportar serenidad en medio del ruido.

 

Andrea Fernández es una de esas personas.

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