Colegio Juan Pablo II
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Antonio Escoz se despide tras 40 años moldeando artistas en el Taller de Cerámica de Pinto

Héctor Molero y Raúl Martos Miércoles, 03 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
Antonio Escoz posa junto con una pieza de Obélix.Antonio Escoz posa junto con una pieza de Obélix.

Coincidiendo con su jubilación como profesor del Taller Municipal de Cerámica, la Casa de la Cadena acoge una gran exposición de fin de curso hasta el 5 de junio que sirve como homenaje a su figura.

Nada más cruzar la puerta del Taller Municipal de Cerámica de Pinto, el olor a barro húmedo envuelve el ambiente. Las estanterías repletas hasta el techo, las herramientas desperdigadas por las mesas, los pinceles apoyados en cualquier rincón y decenas de piezas esperando su turno para entrar en el horno dibujan una estampa que lleva décadas prácticamente inalterable. En medio de ese pequeño universo creativo, Antonio Escoz (Cádiz, 1957) ha pasado los últimos 42 años de su vida.

 

Cuando llegó a Pinto para impartir unas clases en el año 1984, difícilmente podía imaginar que aquel trabajo acabaría ocupando más de cuatro décadas de su vida. El ya con todos los honores pinteño ha dejado una huella imborrable en los cientos de alumnos que han pasado por su clases. Por eso ahora, coincidiendo con su jubilación como profesor del Taller Municipal de Cerámica, la Casa de la Cadena acoge una gran exposición de fin de curso hasta el 5 de junio que sirve como homenaje a su figura.

 

La muestra reúne piezas realizadas a lo largo de estos años por los alumnos del taller. “Esta exposición ha sido un poco todo lo que se ha hecho y de otras muchas cosas que ya ni me acordaba que existían”, resume. La exposición ha permitido a Antonio revisitar algunas obras que le recuerdan que “aquí hay gente que tiene nivel de artista” y que, reconoce, le han hecho sentirse “feliz” estos días. 

 

De rebote

 

La historia de Antonio con la cerámica comenzó mucho antes de llegar a Pinto. Estudió Arquitectura, aunque como él mismo reconoce “no aprobé más que lo que era dibujo y demás”. La casualidad hizo que conociese a una persona que trabajaba la cerámica y que le despertó el gusanillo hasta el punto de ingresar en una escuela en la que permaneció varios años. Una vez finalizada su formación y solo doce meses después de abrir su propio taller recibió la llamada que marcaría su carrera profesional.

 

Antonio Escoz, en su taller.

 

El taller de cerámica ha pasado por muchas ubicaciones en estas cuatro décadas. Arrancó en una buhardilla del Centro Municipal de Cultural y, más tarde, se trasladó al antiguo bar que había en las instalaciones y que Antonio recuerda con especial cariño. “Era un local precioso porque teníamos acceso al exterior y hacíamos los raku allí”, explica. El cierre del complejo del CMC obligó a buscar una nueva ubicación que no fue otra que la Casa de la Cadena, la que ha sido su sede desde 2010.

 

Pero hay algo que ni el paso del tiempo ni los diferentes emplazamientos han cambiado, y esa es la filosofía con la que el pinteño ha impartido sus clases. Y eso que nunca quiso ser profesor: “Me daba un poco terror, pero acabó resultando fácil en cierta manera porque doy las clases de manera diferente”. En lugar de imponer un método estricto, Antonio ha optado por dar libertad a sus alumnos para que “cada uno haga lo que más le gusta” y desarrolle sus propias ideas. Porque, defiende, “cuando alguien parte de una idea o de algo que ha visto y consigue darle su toque personal, es cuando aparecen cosas extraordinarias”.

 

Confiar en el alumno

 

Esa libertad creativa es precisamente uno de los aspectos de los que más orgulloso se siente. Explica que nunca ha buscado que todos los alumnos realicen los mismos trabajos ni que reproduzcan exactamente una técnica concreta, sino que siempre ha preferido ser un apoyo para ellos. “Puedo haber dicho corrige esto o prueba otra cosa, pero las piezas las ha hecho la gente”. Sin tiempo para realizar sus propias obras desde que hace tres décadas cerrase su taller, reconoce que “yo disfruto con lo que hace la gente”.

 

Si hay una pieza de la que disfruta esa es la de una pequeña figura de Obélix realizada por una niña de 9 años a la que solo ayudó “un poquito en la mano” y que le tiene “loco”. No en vano, para el responsable durante los últimos 40 años del Taller de Cerámica de Pinto, es “un Obélix perfecto” y “la pieza más bonita de toda la exposición”. Es el mejor ejemplo de que “las mejores piezas no siempre son las más grandes ni las más impresionantes”, como la serie de figuras elaboradas por niños de entre 9 y 10 años que reproducen placas con nombres de calles de Pinto y que tienen un lugar protagonista en la muestra.

 

La figura favorita de Antonio: el Obélix de una alumna de 8 años.

 

Antonio ha aprovechado que finaliza su contrato con el Ayuntamiento de Pinto para jubilarse, si bien afirma que “me da mucha pena, pero ya no puedo más”. La cerámica implica mover peso constantemente, cargar hornos, transportar barro y permanecer muchas horas de actividad física continua. Es por ello que, admite, no se ve con fuerzas suficientes para cumplir durante el periodo mínimo de otros cuatro años más que supondría renovar el contrato con el Consistorio.

 

El pinteño no puede evitar emocionarse al recordar a todas las personas con las que ha compartido esta experiencia. La exposición cuenta con un panel en el que da las gracias “a quienes han disfrutado haciendo piezas, a quienes han hecho amistades y a quienes han formado parte de todo esto”. No en vano, “hay gente que lleva conmigo 40 años” como una alumna que comenzó a asistir a sus clases con 6 años y que ya está a punto de cumplir 34. Ellos son los responsables de que a Antonio se le escapen las lágrimas cuando reflexiona que “he disfrutado al máximo de estos 42 años, que son toda una vida”.

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