Hace más de 20 años la fibromialgia cambia la vida de Virginia García, pero no logró frenar su determinación por seguir adelante y ayudar a otros pacientes.
La vida de Virginia García (Madrid, 1976) cambió, literalmente, de un día para otro. “Una noche me acosté y al día siguiente no me podía levantar”, cuenta sobre aquella mañana que marcó el inicio de una batalla en la que lleva inmersa desde hace más de dos décadas. ¿El enemigo? La fibromialgia, una enfermedad en la que todavía queda mucho que hacer.
Virginia llegó a Valdemoro desde el madrileño barrio de Hortaleza en 2006. “Cuando vine me gustó mucho la calma de la ciudad y sus parques”, recuerda. Para entonces ya había conseguido licenciarse en Bioquímica y trabajaba como visitadora médica en el campo de la cirugía oftalmológica y pasaba buena parte de su tiempo en quirófanos. “Me quedé a una sola décima de ser médico, pero estaba encantada como mi trabajo”. Fue el momento en el que un dolor lo cambió todo.
Sin explicación aparente
La valdemoreña explica que “hubo un momento en que ni siquiera podían tocarme la piel porque me hervía todo”. Mientras el dolor se extendía desde la zona lumbar a toda la espalda, Virginia pasó su primer año de enfermedad inmersa en un recorrido interminable de consultas y pruebas diagnósticas. Pero los médicos no lograban dar con la tecla: ni era un problema digestivo, ni una patología reumatológica y, sin enfermedades genéticas, el cáncer quedó también descartado.
![[Img #43355]](https://zigzagdigital.com/upload/images/03_2026/7104_virginia-garcia.jpg)
Sus contactos en el mundo sanitario le permitieron buscar una segunda opinión en Barcelona, donde la fibromialgia empezaba a resonar con fuerza. Desde allí le orientaron sobre las pruebas que debía solicitar en Madrid hasta que, finalmente, acertaron con el diagnóstico: “El reumatólogo me dijo literalmente que yo tenía lo que otros médicos llamaban fibromialgia, pero que él no creía en eso”. Fue la primera vez que se topó con el otro efecto secundario de su enfermedad y que por momentos supera al dolor, la incomprensión. “Me dijo que llevara ibuprofeno en el bolso por si algún día me dolía algo”.
La receta fue, obviamente, insuficiente y Virginia se vio obligada a dejar su trabajo. “Lo pierdes todo de golpe y, de la noche a la mañana, tu vida se derrumba”. Para combatir el dolor crónico, la fatiga y la falta de movilidad los médicos le llegaron a recetar con solo 30 años hasta 36 pastillas al día, opiáceos incluidos. El cóctel le dejó en un estado “completamente vegetal” ante el que dijo basta: “Siempre digo que desengancharme fue como en esos documentales en los que ves a gente con temblores y sudores fríos por intentar dejar las drogas”.
Romper el muro
Increíblemente, con todo este panorama, la valdemoreña tomó la decisión de ser madre porque “era la única forma que encontré de que me quitaran la medicación”. Virginia es madre orgullosa de dos hijos que le han dado las fuerzas necesarias para sobreponerse a su enfermedad y volver al mercado laboral. “Mis hijos tienen el vicio de comer todos los días y las facturas hay que pagarlas”, comenta con ironía. Hoy, trabaja como comercial de seguros.
Su decisión es un paso obligado tanto para ella como para el resto de personas diagnosticadas con la enfermedad y que no están dispuestas a seguir esperando un apoyo por parte de las autoridades que nunca llega. “No sabemos qué origina la enfermedad ni cuándo aparece porque no se investiga”, lamenta. Incluso hay profesionales que “todavía siguen diciendo que todo está en tu cabeza”.
La activista vecinal
Historias como la suya se repiten en Valdemoro. En los años de pandemia, Virginia y otros vecinos de la ciudad afectados por fibromialgia iniciaron una serie de conversaciones que fueron el germen de una nueva asociación. En el último año los trámites se han acelerado y solo quedan por cerrar los últimos flecos para constituir oficialmente Avalfibro, que nace con el objetivo de impulsar la investigación de la enfermedad y mejorar la vida de los pacientes.
La asociación es la última de las muchas luchas que ha emprendido Virginia en todos estos años y que van mucho más allá de la fibromialgia. Se ha manifestado contra la okupación, ha reclamado mejoras en el transporte público urbano y ha liderado las protestas de los vecinos del barrio El Caracol contra el escándalo que rodeó a la anterior empresa adjudicataria de las instalaciones de pádel.
Los que la conocen la definen como una “activista vecinal”, título ante el que la valdemoreña no puede evitar troncharse de risa. “No miro solo por la puerta de mi casa, intento luchar por los intereses de todo el barrio”, reconoce tras serenarse. Porque Virginia ha demostrado en estos veinte años que es mucho más fuerte que su enfermedad.















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