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Jesús Paniagua

El pleno de la discordia

Miércoles, 18 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:

Los plenos municipales del Ayuntamiento de Valdemoro deberían ser espacios de debate, responsabilidad y toma de decisiones que afecten directamente la vida de los vecinos.

Los plenos municipales del Ayuntamiento de Valdemoro deberían ser espacios de debate, responsabilidad y toma de decisiones que afecten directamente la vida de los vecinos. En la práctica, se han transformado en un espectáculo lamentable, una suerte de “asamblea de facultad” donde los reproches personales, las acusaciones gratuitas y los insultos copan cada intervención, mientras los verdaderos problemas permanecen olvidados.

 

La última sesión dejó un ejemplo imposible de ignorar: un concejal del gobierno afirmó, sin ningún pudor, que “las empresas públicas se hacen para colocar prostitutas”. Por si esto fuera poco, los portavoces de la oposición con la misma ligereza, lanzan etiquetas como “ultras” o “extrema derecha” hacia sus adversarios, en lugar de aportar ideas, propuestas o soluciones. Entre insulto e insulto, la política se infantiliza, y la ciudadanía observa con incredulidad cómo quienes deberían servir al interés común se dedican a protagonizar un circo que raya lo surrealista.

 

Lo preocupante no es solo la falta de respeto, sino el evidente desplazamiento de los verdaderos asuntos que importan a los vecinos. Mientras se lanzan acusaciones que parecen más guionadas que espontáneas, los problemas de Valdemoro -la limpieza, la seguridad, el tráfico, los servicios sociales o la gestión de recursos municipales- quedan relegados a un segundo plano. El ruido mediático y las polémicas absurdas ocupan el espacio que debería estar reservado a soluciones reales y diálogo constructivo.

 

La política local no debería ser un ring de insultos ni un escenario de provocaciones. Debería ser un instrumento de gestión y mejora de la ciudad. Sin embargo, los plenos se han convertido en un reflejo de la incapacidad de ponerse de acuerdo, de escuchar al adversario y de priorizar los intereses de la comunidad sobre la vanidad personal. La discordia parece más atractiva que la responsabilidad, y la teatralidad más interesante que la gestión.

 

Al final, lo que nos queda es una sensación amarga: mientras los representantes se entretienen con ataques mutuos y declaraciones escandalosas, los vecinos seguimos esperando respuestas a problemas cotidianos que no admiten demoras. La política, por definición, debería resolver conflictos, buscar acuerdos y mejorar la vida de las personas. Pero en Valdemoro, al menos en estos Plenos, parece que el único acuerdo es el de mantener vivo el espectáculo de la discordia.

 

Si algo queda claro, es que la ciudadanía merece mucho más que un teatro de reproches y clichés. Merece diálogo, propuestas y respeto. Todo lo demás es solo ruido, y demasiado caro para el precio que pagamos con nuestros impuestos y nuestra paciencia.

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