Colegio Juan Pablo II
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La lección del pinteño Alberto Collado: aferrarnos a lo que nos hace felices cuando todo está oscuro

Raúl Martos Martínez Miércoles, 11 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

El pinteño, con 37 años, sufrió la pérdida total de un oído, parálisis facial y problemas de equilibrio y visión a causa de un tumor. Desde entonces busca nuevos objetivos y actualmente sueña con participar en los Juegos Paralímpicos.

La de Alberto Collado (Madrid, 1971) es una de esas historias que nos ayudan a valorar los aspectos verdaderamente importantes de la vida incluso cuando todo parece perdido. Su vida era como otra cualquiera: natural de Madrid y criado en Getafe, se casó a los 29 años y en el 2000 se trasladó a un piso de la calle Bélgica de Pinto. “Me vine a vivir aquí porque los pisos eran más baratos y tenía familia en Pinto”, recuerda.

 

Todo cambió en 2009, cuando comenzaron los primeros síntomas. “Me iba a correr y me caía al suelo, me desorientaba… Había algo que no iba bien”. Tras varias pruebas médicas, una resonancia magnética reveló que tenía un tumor cerebral de gran tamaño llamado ‘neurinoma del acústico’ que llevaba años desarrollándose. “Hubo un tiempo en el que, al salir del trabajo, ayudé como voluntario llevando en autobús a chicos con discapacidad. Quién me iba a decir que un día sería uno de ellos, es increíble las vueltas que da la vida”.

 

Fue el comienzo de un giro de 180º ante el que Alberto, lejos de rendirse, decidió reinventarse ante la adversidad a través de la música y el deporte.

 

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Cuando todo parece perdido

 

Los primeros diagnósticos no eran nada halagüeños. “El neurocirujano me dijo que no sabía si iba a salir de la operación, si me iba a quedar en silla de ruedas o cómo iba a quedar”, cuenta. En el Hospital de Getafe le derivaron al Hospital Gregorio Marañón, donde fue intervenido con éxito y consiguieron extirparle el tumor, aunque las consecuencias fueron muchas y permanentes. El pinteño, con 37 años, sufrió la pérdida total de un oído, parálisis facial y problemas de equilibrio y visión, entre otras secuelas.

 

“El tumor te lo quitan, pero te quedan muchas secuelas. Lo que te hacen después son operaciones para que puedas vivir mejor”. Alberto ha tenido que pasar en ocho ocasiones por quirófano para que pueda realizar acciones tan básicas como comer, dormir o incluso pestañear para evitar perder un ojo. “Son intervenciones que normalmente no se hacen, pero como era muy joven y tenía mucho tiempo de vida intentaron que me recuperara todo lo posible”.

 

Las consecuencias no acabaron ahí. Tras 17 años trabajando en los almacenes del supermercado Día, la dirección decidió despedirle tras conocer que había quedado incapacitado. En el plano personal, además, se divorció de su mujer: “Me quedé solo de la noche a la mañana”. Un impacto económico que ni mucho menos aliviaron las ayudas por discapacidad, por las que comenzó recibiendo una pensión de 747 euros que actualmente es de poco más de 900 euros. Únicamente contó con la ayuda de sus padres, que tienen 82 y 83 años y han sido “el pilar en el que me he apoyado en todo este tiempo”.

 

El regreso al piano

 

Alberto reorganizó su vida y se adaptó a las nuevas circunstancias, pero sabía que tenía que dar un paso más. “Lo importante es la ilusión”, explica. Fue el momento en el que, sentado en el sofá de su casa, recordó las clases de piano que había estudiado de niño y decidió retomar sus estudios musicales. Se matriculó en la Escuela Municipal de Música de Pinto y, más tarde, en el Conservatorio Profesional Federico Moreno Torroba, en Madrid. “Me decían que, con 40 años y sin oír, qué pintaba allí”, rememora sin un ápice de resentimiento.

 

El pinteño hizo oídos sordos y, cuatro años después, finalizó el grado profesional de piano. “Para mí fue muy satisfactorio volver a estudiar con gente de 18 años porque me hizo sentir joven otra vez -recuerda sobre sus compañeros-. Muchos hacían pellas y siempre me paraban para pedirme los apuntes”. Durante ese periodo compaginó los estudios con un trabajo adaptado en la Asociación de Minusválidos de Pinto, donde estuvo tres años y medio como maestro de taller ocupacional. “Aprendí mucho, pero no era mi sitio”.

 

Tras finalizar el grado, Alberto comenzó a impartir clases extraescolares de piano en el Colegio Mirasur, donde trabajó durante tres años y medio hasta la llegada de la pandemia. Decidió entonces dar clases particulares ya que, debido a que solo escucha por un oído, “con mucho sonido lo paso mal y me apaño mejor con una sola persona”.

 

Un nuevo objetivo

 

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Completada su etapa musical, Alberto buscó hace dos años un nuevo estímulo en otra afición que tenía de niño. “En el instituto teníamos una mesa de tenis a la que siempre íbamos a jugar en los descansos, ha sido un deporte que siempre me ha gustado”. Sin equipos en Pinto, se incorporó a un club de Getafe Norte donde conoció a un campeón de Europa que le animó a dar el salto: “Si yo he podido competir en silla de ruedas, tú también”.

 

Compitiendo contra otros jugadores sin discapacidad en ligas ordinarias ha conseguido una rápida progresión y definir su juego. “Intento atacar cuando puedo, pero, sobre todo, defender muy bien para que el otro falle. Me dicen que soy un pesado”, dice sonriente. Un método que le dio resultado en su primer campeonato para personas con discapacidad donde, dentro de la categoría C10, acabó tercero.

 

Su próximo objetivo es cosechar un buen resultado en el Campeonato de España de tenis de mesa que se celebrará en Tarragona este mes de febrero. Alberto no duda en emplear su tiempo y dinero en esta nueva afición para tratar de alcanzar un reto que no se le va de la cabeza desde que volvió a coger la pala. “El primer día que me vieron jugar me dijeron que podía ir a las Paralimpiadas, y esa ha sido mi gran motivación. No sé si llegaré a ir, pero es lo de menos porque lo más importante es el camino y que estoy disfrutando de ello”.

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