Colegio Juan Pablo II
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Jesús Paniagua

Sin poesía no hay ciudad

Lunes, 02 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

Hay ciudades que se construyen con ladrillos, y otras que se edifican con latidos; Valdemoro es una ciudad que se reconoce en el rumor de sus calles, en las voces que llenan los parques al caer la tarde. Una ciudad que, incluso cuando la empujaron hacia un crecimiento sin alma, siguió guardando en sus rincones la ilusión de lo que podía llegar a ser.

Hay ciudades que se construyen con ladrillos, y otras que se edifican con latidos; Valdemoro es una ciudad que se reconoce en el rumor de sus calles, en las voces que llenan los parques al caer la tarde. Una ciudad que, incluso cuando la empujaron hacia un crecimiento sin alma, siguió guardando en sus rincones la ilusión de lo que podía llegar a ser.

 

Sin embargo, hay discursos que pesan. Discursos de quienes hablan de municipalismo como quien lee una etiqueta en otro idioma. Peroratas, promesas… gestos vacíos.

 

Porque Valdemoro no necesita municipalistas de humo. Necesita municipalistas de calle, de piel.

 

Hay un Valdemoro que sueña sin dormirse: el de quienes pasean por sus calles en primavera, el de quienes reclaman sombra en las plazas abrasadas por el verano, el de quienes esperan un tren que nunca llega, pero no renuncian a exigir un transporte digno; el que sufre porque no sabe si sus hijos llegaran al colegio sin que les atropellen. Ese Valdemoro existe, late, respira y anhela futuro.

 

Y luego está el otro: el Valdemoro que algunos intentan maquillar con palabras solemnes. El que se presume en discursos, el que se invoca sin sentirlo. Un municipalismo que se queda en la superficie y en los selfies pero que no transforma nada.

 

El Barrio de la Estación, con sus calles nuevas que aún buscan alma; El Restón, que pide espacios culturales donde encontrarse. El entorno del Hospital, donde la ciudadanía ha alzado la voz una y otra vez porque no quiere ser una ciudad-dormitorio que viva de espaldas al resto de los vecinos. El casco antiguo, que guarda la historia entre sus esquinas y reclama cuidado…

 

Cada barrio es el verso de un poema inacabado. Cada calle, una pregunta. Cada plaza, un deseo.

 

Pero para escucharlos hace falta algo más que buenas intenciones. Hace falta voluntad. Hace falta proyecto. Hace falta amor por la ciudad.

 

El municipalismo auténtico, el que no teme escuchar a los vecinos y fomentar su participación a todos los niveles para evitar fechorías como la Tasa de Basuras, entiende que una ciudad es un organismo vivo. Que necesita vivienda accesible para que sus jóvenes no se marchen, que necesita árboles para que el verano no sea un castigo, que necesita escuelas e institutos, salidas a la carretera, sanidad o centros deportivos; Que necesita cultura para que la vida tenga sentido, que necesita transporte para que nadie quede aislado.

 

Valdemoro no quiere discursos. Quiere decisiones. Quiere valentía. Quiere un proyecto que la trate como lo que es: una ciudad que late, que sueña, que resiste, que espera, con ciudadanos mayores de edad que saben lo que quieren y no profetas con barbas de atrezzo.

 

Una ciudad que no se conforma con sobrevivir. Una ciudad que quiere volver a sentirse viva y que no vendan sus servicios al peso en balanzas trucadas.

 

Y ese futuro no lo traerán quienes confunden municipalismo con consignas. Lo traerá quien entienda que gobernar un municipio es un acto de amor. Un amor que se demuestra en cada árbol plantado, en cada plaza cuidada, en cada servicio público fortalecido, en cada barrio escuchado.

 

Valdemoro no pide donjuanes apolillados. Pide que la miren a los ojos.

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