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Pinto en la transición de la dictadura a la democracia

Agustín Alfaya Martes, 27 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

Una característica común a esta incipiente prensa de cercanía será la precariedad y la falta de profesionalidad ―muy pocas cabeceras lograron superar el año de vida―, hasta el punto de que nada más comenzar la década siguiente solo pervivirán 18 cabeceras del decenio anterior.

El libro de Antonio Ruiz del Árbol, “1970-1980, diez años de prensa local madrileña”, publicado en 1987 por la Comunidad de Madrid, es la única referencia bibliográfica de recopilación de cabeceras de prensa local madrileña durante la década de los setenta del siglo pasado. Una década que tiene la particularidad histórica de abarcar el final de la dictadura y el comienzo de la democracia.

 

Ruiz del Árbol cataloga 189 publicaciones, dos de ellas de Pinto, Las Afueras (1977-1978) y La Voz del Pueblo (1978-1979) a las que nosotros añadiremos En Marcha (1976).

 

Una característica común a esta incipiente prensa de cercanía será la precariedad y la falta de profesionalidad ―muy pocas cabeceras lograron superar el año de vida―, hasta el punto de que nada más comenzar la década siguiente solo pervivirán 18 cabeceras del decenio anterior.

 

El caldo de cultivo de estas variopintas publicaciones que pretendían ocupar un espacio periodístico vacío, localizado y cercano fue la convulsión migratoria de tres millones de almas rurales que en la segunda mitad del siglo XX se trasladaron a Madrid, ciudad que se estaba haciendo gigante casi sin darse cuenta.  Y fue esa fluencia de migrantes que se instalaron en la periferia de Madrid, o más bien, sus hijos, quienes quisieron contar en pequeños periódicos y revistas el esfuerzo titánico de levantar, construir una comunidad. Este proceso coincidió en el tiempo con el largo proceso de descomposición y, finalmente, caída del régimen franquista.

 

La identidad de Pinto

 

La transformación radical no afectó a Pinto de igual manera que a los demás municipios de la periferia de Madrid. Los datos son elocuentes. Mientras en solo treinta años, de 1950 a 1980, la población de Getafe se multiplicó por diez (pasó de 12.300 a 127.000 habitantes); la de Fuenlabrada aumentó 38 veces (pasó de 2.067 a 78.000 personas); la de Parla creció porcentualmente aún más, hasta multiplicarse por 44 (pasó de 1.250 habitantes a 56.000); la de Móstoles se acrecentó la barbaridad de 72 veces (pasó de 2.082 a 150.000 habitantes); y la de Alcorcón llegó al paroxismo de multiplicarse por 185 (pasó de 759 a 141.000 habitantes); Pinto, que en 1950 tenía bastantes más habitantes que las localidades citadas, salvo Getafe, comparativamente tuvo un crecimiento muy moderado, multiplicando por cinco su población (pasó de 3.463 a 18.600 habitantes) manteniendo la excepcionalidad de no permitir construcciones de más de cuatro alturas.

 

Además, Pinto ha sabido mantener su identidad y fisonomía al respetar, desde los primeros tiempos de su transformación, las exigencias de las normas urbanísticas dictadas desde la inclusión de nuestro municipio en el Área Metropolitana de Madrid, en 1963. Como ha señalado el arquitecto técnico José Enrique Castro, consejero delegado del Grupo Egido, “la no masificación urbanística de Pinto y un mayor control del Planeamiento han hecho que siga siendo, urbanísticamente hablando, el municipio referente de la zona sur de Madrid”.

 

La ciudad dormitorio que, afortunadamente, pasó de largo

 

Sin embargo, las cosas pudieron haber sido completamente distintas. A principios de los años setenta del siglo pasado, el Ministerio de la Vivienda dio el visto bueno al proyecto urbanístico denominado “Villa Espacio”, que pretendía construir 25.000 viviendas en Pinto. El arquitecto municipal de aquellos años, José Buso, lo expresaba así en el programa de fiestas patronales de 1974: “Tenemos noticias de que la empresa que se presentó al Concurso de Urbanismo Concertado, y que prevé la construcción de una nueva ciudad al sur de Pinto, capaz para 100.000 habitantes (…) dependiendo administrativamente de nuestro Ayuntamiento, ha sido una de las seleccionadas por el Ministerio de la Vivienda, siendo ello el primer paso para su posible aceptación definitiva”.

 

Un año después, Buso vuelve a escribir (programa de fiestas patronales de 1975): “Villaespacio será un hecho dentro de un plazo corto (…) la población de Pinto llegará a 160.000 habitantes (…) un futuro halagüeño”.

 

Lo que hubiese convertido a Pinto en una enorme ciudad dormitorio, no solo logró el plácet de las autoridades franquistas, sino que contó con el torpe y ciego entusiasmo de las autoridades locales que explicitaban una cortedad de miras impropia de sus responsabilidades sociales e históricas.

 

Afortunadamente los promotores de Villaespacio desistieron de construir en Pinto esa ‘maravillosa’ ciudad que tan torpemente vendían las autoridades locales del momento y que pretendía ocupar 1.250 hectáreas, es decir, diez veces más que las dimensiones del Pinto de entonces.

 

Eran los estertores del franquismo. Y Pinto, como los demás municipios, también vivirá las tensiones y esperanzas de la transición de una dictadura a una democracia. Problemas y anhelos que se reflejarán en la evolución de los artesanales medios de comunicación local que aflorarán en la década de los setenta, que trataremos en el siguiente número.

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