El 31 de enero, la familia deberá abandonar el piso de Pinto en el que viven. Si Umaima no encuentra antes una alternativa perderá a las niñas, ambas con necesidades especiales.
La historia de Umaima no es la de una familia sin recursos, sino la de un hogar que está a punto de romperse por falta de empatía y, sobre todo, desconocimiento. Umaima, originaria de Ceuta, reside en Pinto junto a su pareja, José, y desde el 28 de diciembre de 2022 tiene a su cargo a sus dos sobrinas, que actualmente tienen 9 y 10 años. Las pequeñas, tuteladas por la Comunidad de Madrid, residían en un centro de menores por los problemas de sus progenitores y tienen necesidades especiales ya que una tiene reconocida una discapacidad del 87% y otra padece hiperactividad. En estos años han podido ir superando todas las adversidades, pero ahora se enfrentan a una de difícil solución.
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El 31 de enero la familia deberá abandonar la casa en la que vivían en régimen de alquiler. “Hace dos años que la propietaria nos avisó de que necesitaba vender la vivienda, y ha estado esperando desde entonces a que encontremos una alternativa”, explica Umaima. Aunque tanto ella como su pareja tienen trabajo indefinido, no hay nadie que quiera firmar con ellos un contrato de alquiler debido a su complicada situación. “Tengo dinero, pero no vivienda”, lamenta, sobre todo porque la unidad familiar cuenta con más de 3.000 euros en ingresos al mes y no han dejado de pagar un solo mes de renta en todos estos años.
Todo se debe a la desconfianza de los propietarios. “Hay gente que no nos quiere alquilar porque piensan que la ayuda no es para siempre, pero las niñas seguirán recibiéndola hasta que sean mayores de edad”. La familia también ha buscado una solución a través de los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Pinto: “Intentan ayudarnos, pero no tienen dónde meternos”. El tiempo, sin embargo, avanza hacia un escenario en el que acabarían perdiendo la custodia y las niñas regresarían a un centro de acogida.
A pesar de ello, la idea de la okupación no pasa por las cabezas de Umaima y José. “De ningún modo nos vamos a quedar ilegalmente en una casa que no es nuestra”, afirma. El último clavo al que agarrarse es dar a conocer su situación para encontrar una vivienda en cualquier punto de la Comunidad de Madrid. “Las niñas lloran porque no quieren cambiar de colegio, tienen aquí a sus amigos a los que quieren mucho, pero se adaptarán si tienen que hacerlo”, dice Umaima.
El único requisito es que el edificio cuente con un ascensor lo suficientemente grande en el que entre una silla de ruedas. “Preferiría que tuviese también un plato de ducha, pero si me tengo que matar por lavar a mi sobrina en la bañera no hay problema. El nivel de exigencia ha ido bajando con el paso del tiempo”, confiesa Umaima.




















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