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Fernando Ferro
Viernes, 18 de mayo de 2018

La bicicleta voladora o la gloriosa derrota del escultor Vladimir Tatlin

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Los treinta capítulos que contienen las trescientas páginas de la última novela-ensayo recientemente publicada por el profesor de escultura  de la Facultad de Bellas Artes José Luis Gutiérrez en la Editorial Alfasur “La bicicleta voladora”,  recogen una arriesgada combinación  de géneros literarios. 

Sobre la descripción de la vida sin éxitos del grandioso escultor constructivista soviético Vladimir Tatlin, se articula la  historia del inicio del coleccionismo de arte contemporáneo en torno a la carismática figura del adinerado empresario textil Serguéi Shchukin; una historia de amor que no existió entre Tatlin y la bailarina ucraniana Olga Khokhlova, que sí fue durante doce años la esposa de Pablo Picasso, que al parecer conoció todos los triunfos, y la madre de su primer hijo Pablo; la historia del desafortunado fracaso en que concluyó el luminoso proyecto de los artistas revolucionarios de unir arte de vanguardia y vida cotidiana, en el que estaba incluida la propuesta para el edificio-monumento a la III Internacional, construcción que habría de superar en altura y complejidad toda obra salida de mano humana, con sus 400 metros de altura que humillarían para siempre a la burguesa e ingenieril Tour Eiffel; y todo ello superponiéndose a unos hechos históricos de la mayor trascendencia para la humanidad.

La Revolución de Octubre de 1917, que sellaba el ocaso de la odiosa dinastía Romanov y que con la caída de su último Zar, Nicolás II, abría para la especie humana un camino de paz, igualdad y prosperidad nunca conocido. Los hechos iniciales del Gobierno Revolucionario parecían afirmarse en esa dirección y los artistas de vanguardia, músicos, pintores, arquitectos, escultores y poetas se comprometieron en cuerpo y alma con el nuevo proyecto político. Muchos de ellos alcanzaron responsabilidades del mayor nivel en todas las áreas de la gestión cultural, pero la alegría duró poco en la casa de los pobres artistas y los fuertes vientos del Realismo Socialista acabaron con todos y cada uno de los proyectos utópicos que intentó poner en marcha la vanguardia intelectual del planeta. Antes de la muerte de Lenin en 1924, poco quedaba de todo lo elaborado, después, nada. Sólo posteriormente el mercado del arte en Occidente recuperó para sus intereses aquella catarata de creatividad.  

José Luis Gutiérrez describe , con aguda precisión, la dolorosa continuidad que se estableció por parte del poder estalinista entre los pintores caritativos  y costumbristas del tardo romanticismo de finales del siglo XIX, con los tristísimos y acríticos artistas del mal llamado Realismo Socialista. La Vanguardia no existió para el nuevo estado soviético. A pesar de ello, algunos genios empecinados en ser ellos mismos , como Vladimir Tatlin , cambiaron todos los paradigmas conocidos de la escultura clásica. Convirtiendo el ensamblaje, la recuperación de materiales “ no artísticos” y el proyecto político en los ejes de su trabajo de creación plástica. La novela concluye con el pormenorizado relato de la postrera utopía y el último fracaso de Tatlin, la construcción de una bicicleta voladora. Asunto que aún tenemos pendiente de resolver.

“La bicicleta voladora”, es un libro que recomiendo vivamente, al margen de la indudable calidad de su documentado contenido,  por su calidad literaria. Posee una textura compleja, donde se superponen las distintas tramas que sostienen la vida de los sujetos históricos y en la que los personajes se transmutándose en personas, dialogan con nosotros a fin de hacernos entender los porqués de su singular existencia. 
 

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