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Fernando Ferro
Miércoles, 21 de marzo de 2018

El mercado, las empresas y los bancos no existen

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A estas alturas de desarrollo del conocimiento humano, casi todo el mundo sabe que el mercado, las grandes corporaciones empresariales y los bancos no existen. Que lo único que verdaderamente existe es la búsqueda desaforada de beneficios y la codicia sin freno de unos extraños seres semiociosos y proclives al consumo de  lujos excéntricos , un grupo organizado de autodenominados propietarios, accionistas y directivos , que en algunos aspectos concretos son semejantes a las personas. Actores que utilizando técnicas operísticas, y todos los instrumentos que le son propios, como libreto, escenografía, iluminación, vestuario,  música, orquesta y cantantes pretenden crear una sensación de realidad en la que defender sus privilegios violentamente adquiridos es legal, por ejemplo la esclavitud histórica y la actual,  mientras que garantizar derechos para todos es delito, con la actual ley Mordaza raperos y blogueros van a la cárcel por cantar las verdades del barquero. 

Que el mito del mercado y la libre concurrencia no existe, ni ha existido nunca lo explica John Steinbeck con diáfana claridad en una magistral novela corta, “La perla”.  Un paupérrimo pescador de perlas mejicano captura una  perla magnífica y cuando va a ofrecerla a los diversos compradores establecidos en su villa, se encuentra con la sorpresa  de que unánimemente la descalifican y la valoran de un modo ínfimo, porque los aparentemente distintos compradores responden a la voluntad de un solo empresario que los dirige a todos. Por ese mismo motivo se mantiene tan alto índice de paro y no se adopta la renta básica, así es posible comprar el trabajo humano con salarios de subsistencia o ni eso. 

Para la adquisición de bienes y servicios rige la misma ley de hierro del monopolio u oligopolio de oferta. Tanto en el sector de la energía, como en el financiero, el farmacéutico o el de  bienes de consumo, un pequeño grupo de agentes deciden el qué, el cómo, el cuándo y el cuánto. Verdaderamente, la libre concurrencia y sus inherentes virtudes, que proclaman los defensores del “mercado libre”, solo funciona en los concursos de menor cuantía, para los grandes contratos el acceso está normalmente limitado a aquellos que disponen de información privilegiada, previamente pagada, y de la capacidad para utilizarla a su favor. 

El mercado funciona libremente en el mercadillo de los domingos de Entrevías, el de los jueves de Pinto y otros similares. En el sistema de producción capitalista siempre te crean la ilusión de que puedes jugar, pero juegas con las cartas marcadas y de que puedes decidir, pero decides sobre asuntos previamente resueltos. El papel de títeres de los políticos sometidos a la voluntad de los lobys, que habitualmente los compran y corrompen,  y de los medios de comunicación normalmente sometidos a la tiranía de sus anunciantes, no es otro que el de generar una realidad ficticia, una escenografía. De pronto nos va la vida por lo que pueda suceder en Venezuela, país y circunstancias de los que seguimos sin saber absolutamente nada después de pasado el interés circunstancial, o en la exótica Corea del Norte o en la Siria tan próxima y tan lejana o la única muerte desgraciada en nuestra historia reciente es la de un indefenso chaval, porque permite mantener la cadena perpetua, cuando la existencia actual en el Código Penal de esa miserable venganza no ha evitado la cruel muerte del inocente. 

El Estado, que podría jugar un importante papel como reequilibrador de las desigualdades sociales  generadas por el sistema económico, se ocupa básicamente de garantizar el injusto  desorden imperante, a través de la legitimidad que se atribuye en el uso de la violencia. Para ejercerlo es habitual que cuenten con una legión de burócratas, sindicalistas mercenarios, jueces y policías tanto de los de la porra y pistola como de los denominados servicios sociales, en muchas ocasiones más atentos a defender las sinecuras de los grupos de poder que los derechos de los ciudadanos que les pagan sus retribuciones  y que actúan como primera barrera de control de los movimientos sociales. Para rematar y como solución de último recurso siempre pueden contar con el glorioso ejército, que mucho les ha defendido de los de dentro y casi nada de los de fuera. La vieja política de palo y zanahoria que legitima el ser del Estado desde tiempos inmemoriales, explicada por los flamencos que  meten por tangos el viejo retruécano de Juan de Iriarte.

El señor Don Juan de Robles
con caridad sin igual
hizo este santo hospital…
Y también hizo a los pobres.

Entre tanto la Naturaleza, de la que todo viene y a la que todo vuelve, seguirá siendo la gran externalidad olvidada en el maléfico proceso económico, que en algún momento recuperará su necesario protagonismo en nuestras atolondradas vidas.

Las entidades mercantiles denominadas personas jurídicas, empresas, las de derecho público, administraciones, son un trampantojo para hacer desaparecer de la escena social a las personas físicas y sus avaros intereses, que son las que ciertamente existen.

 

Fernando Ferro / artista de Vallekas/invierno del 2018
 

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