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Txetxu Rivera García
Martes, 13 de marzo de 2018

Los monstruos también sacan tajada

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Txetxu Rivera, miembro del PCE núcleo de Pinto, habla sobre los "mensajes de odio" por el asesinato de pequeño Gabriel.

Cierto es que no podemos analizar la realidad en base a lo que sucede en nuestro time line en las redes sociales, pero no dista mucho de la realidad cercana que podemos encontrar en nuestros barrios, en nuestros centros de empleo, de estudio o en la barra del bar.

Ante los crímenes que se han dado a conocer al conjunto de la sociedad, basta con dar una vuelta por nuestro entorno social más cercano para encontrarnos comentarios que no tienen qué ver con el crimen en sí. Por ejemplo, en un caso se da la circunstancia que la presunta asesina es una mujer negra. Para cierta parte de la gente lo importante es señalar que sea negra y mujer, poniendo el discurso machista y racista en boca de muchos. Para este sector de personas es más importante que la presunta asesina sea mujer y negra que el hecho en sí. Hemos visto como ciertos periodistas generadores de odio, procedentes de la caverna mediática, publicaban artículos con titulares malintencionados como “Las mujeres no matan” o haciendo hincapié en el activismo político de la presunta asesina y del padre para proyectar la sombra de la sospecha a quiénes compartan dicha afinidad política.  Y todo esto se da pese a que la madre de la víctima, dándonos un ejemplo de dignidad, apela a no mantener discursos que fomenten la venganza y el odio. Pero aun así da igual para esta clase de personas, ya que el sufrimiento de las víctimas no es lo importante, sino la instrumentalización política del delito. Del mismo modo, después de los atentados yihadistas en los que se sucedió una ola de islamofobia y xenofobia, siempre han aprovechado la desgracia para politizar el dolor con su discurso de odio. Y ante el resurgir de los monstruos se crea un clima de complicidad y adaptación.

El problema reside en que ante ese clima de complacencia y complicidad con esos discursos que apelan a la aplicación de acciones vengativas, el régimen saca beneficio de la situación respondiendo con discursos oportunistas para avivar ese clima de inseguridad que pretenden crear. Vivimos en un momento donde desde las instituciones se practica el populismo punitivo que alimenta a los monstruos y nos acostumbran a su discurso y convivencia ¿Y cómo puede ser posible que desde “un Estado de Derecho que vela por el cumplimiento de la Constitución y el cumplimiento de los Derechos Humanos” practique ese tipo de política? El entrecomillado, permítanme, hace alusión al discurso liberal y de régimen del que, un servidor, está acostumbrado. Bien, para que se dé el uso de una política populista de carácter punitiva se tienen que dar una serie de condiciones que podemos identificar como expansión neoliberal, la quiebra del Estado del bienestar y el auge del neoconservadurismo. Esta praxis política del populismo punitivo es una estrategia política, con una fuerte naturaleza manipuladora y reaccionaria por parte del poder para sacar beneficio de las inseguridades de los diversos colectivos de la sociedad – a ser las capas medias de consumo y las clases subalternas- para desactivar ciertos focos de debate. No se persigue otra cosa que la criminalización de manera selectiva de sectores sociales y formas de comportamiento (pensemos en las movilizaciones sociales) para ir restringiendo libertades fundamentales.

Vemos como desde el Gobierno se intenta legislar a través de un discurso disciplinario en el que la definición de delito es el eje fundamental de toda acción legislativa, en vez de considerar las necesidades materiales de los gobernados. La prisión permanente revisable es el mejor ejemplo de ello. Para aquellos que se identifiquen con los discursos legalistas simplemente recordarles una serie de consideraciones a este respecto. La Constitución Española establece que "las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social", este principio orienta a la Justicia a que las penas no contradigan absolutamente el fin resocializador, que es el fin de toda condena. La prisión permanente revisable atenta contra este principio constitucional, basándose en un concepto de justicia como sinónimo de venganza o expresión de los sentimientos de odio y repulsa de la sociedad. Basar un código penal en el “Ojo por ojo” no es lo más apropiado para una democracia. La proporcionalidad no justifica una cadena perpetua que pasa por tirar por tierra el aspecto de reinserción y resocialización. Un dato más es que no aparece como una de las preocupaciones más importantes que recoge el CIS. 

El tratamiento político e ideológico de la delincuencia por parte del poder -tanto institucional como sus aparatos de preservación hegemónica a ser los medios de comunicación- es presentado de manera despolitizada, es decir, definida exclusivamente como un acto de responsabilidad individual. Estamos acostumbrados a ese discurso por parte del PP en lo que se refiere a la corrupción, pero en la delincuencia que se da dentro de la población convierte al  “delincuente” en un  “otro” ajeno a los demás, un sujeto que decide voluntariamente autoexcluirse de la sociedad. Se le representa de una forma un tanto peligrosa, pasando a la categoría de “enemigo del que la “mayoría” tiene derecho a defenderse”. Al mismo tiempo mantienen el discurso de la incapacidad de la cárcel para resolver este problema pero determinando que esta es la única efectiva para frenar la delincuencia. La presentación de todo como un problema individual hace que se presenten falsedades como es el hecho de la tasa de encarcelamiento con la criminalidad, no teniendo en cuenta  de que el Estado español es uno de los estados más seguros de la UE, con una tasa media de asesinatos u homicidios del 0,69 por cada 100.000 habitantes, frente a la europea que se sitúa en 0,92. Sin embargo, tenemos una de las tasas más altas de presos de la UE.  
 La instrumentalización del dolor de las víctimas es una táctica clásica de la derecha española. Hemos visto a los largo de los años cómo desde las fuerzas más reaccionarios y ultraconservadoras, así como de los nuevos actores políticos de este espectro ideológico, se erigen como abanderados de los derechos de las víctimas. Se acompaña de un discurso en el cuál los derechos de quienes cometen el delito van en perjuicio de los derechos de las víctimas. Esta táctica es muy conlleva el serio peligro de otorgarles a las víctimas el derecho que tienen a que su dolor sea reparado. Aun así, los poderes públicos dedican escasos esfuerzos a la atención de las víctimas de terrorismo, y especialmente, a las víctimas de violencia machista. 

Endurecer el sistema penal persigue una serie de objetivos. Por un lado busca la creación de un problema delictivo en el que el Estado se erige como protector de la sociedad que castigará al delincuente. Y en base a ello crea todo un relato apelando al dolor y las emociones. Esto crea un ambiente de desviar la atención de los problemas reales, ya que con la creación de un sujeto que porta todas las causas de miedo que tiene la sociedad en el cuál esta puede proyectar todas las frustraciones debido a sus condiciones de vida. Acto seguido legitima la naturaleza democrática del régimen, ya que lo presenta como un Estado que satisface  lo que la sociedad demanda, es decir,  el Estado liberal que representa a la mayoría. Esta concepción abandona la idea de Estado social de bienestar sustentado en el respeto a las necesidades materiales, sociales, respeto de los Derechos Humanos y protección de los derechos fundamentales. Basta ver la campaña que llevan las fuerzas conservadoras políticas y mediáticas en la que presentan una construcción de una realidad en el cual se da   se da un auge de la delincuencia y la impunidad, al tiempo que señala lo insuficientes e insignificantes que son las penas. Los partidos políticos que practican esta forma de actuar solamente buscan crear un clima de inseguridad e incertidumbre que favorezca sus intereses electorales.

Nuestro time line en redes sociales no dista mucho de la realidad cercana que podemos encontrar en nuestros barrios, en nuestros centros de empleo, de estudio o en la barra del bar. Desde luego cuando todo está en quiebra resurgen los monstruos, y peligrosamente, no a mucha distancia de nuestro día a día.
 

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