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Martes, 27 de febrero de 2018

'14 estaciones', otra crónica de una muerte anunciada

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Fernando Ferro analiza la primera obra del pinteño Valentín Bustos, '14 estaciones', publicada por Editorial Alfasur.

Sólo las buenas intenciones no bastan para hacer buena literatura, pero es que el autor de esta novela que nos ocupa ha cometido una temeridad mayor apartándose de los géneros comercialmente identificables. Es notablemente más fácil lograr un buen resultado de ventas combinando, en su justa medida, partidas de cinismo, de violencia gratuita o de sexo de carretera. También se puede escoger el camino del discurso estandarizado, novela gótica para adolescentes, histórica para cuarentones, policiaca para gentes con vidas tranquilas que necesitan un puntito de inquietud, y así hasta el infinito. A tal sector de clientes se corresponde tal producto. Pero el periodista especializado en temas económicos Valentín Bustos ha buscado un camino menos obvio, tras publicar varios libros para la población infantil, ha escrito un sencillo relato ferroviario con un “tema de actualidad”, en un estilo de ficción realista. El tema es el de la violencia de género, y las nefastas consecuencias y secuelas que genera en sus víctimas principales: mujeres, hijos, entorno familiar y social de los maltratadores. El hilo del relato va por cuenta de un narrador omnisciente, que con buen ritmo toma la acción “in medias res” de la vida de sus protagonistas y la lleva hasta su fatal conclusión, con frecuencia dejándose arrastrar por un lenguaje lleno de lugares comunes y tópicos. Los personajes a través de sus diálogos nos van informando del estado actual de la cuestión. La víctima-protagonista enfangada en un clericalismo rancio y rural aproxima su figura a la del Jesucristo del Nuevo Testamento, elevando la figura chusca de su maltratador a la del dios todopoderoso de los cristianos que siempre consigue llevar a término los dictados de su resentida y vengativa voluntad. El contrapunto de la víctima lo da el derrotado señor mayor, encarnado en un profesor racionalista y escéptico, pero aún con ánimo de luchador romántico a pesar de que casi nunca logra ningún resultado práctico. El papel asignado al reparto de actores secundarios es suficiente y discreto, tal vez la figura del hijo que sólo explota al final del relato requeriría de mayor protagonismo. El interesante espacio en el que se desarrolla la acción es el de la línea C-3 de cercanías y los entornos de las estaciones de Pinto y de Atocha. Ese territorio dinámico, más el tiempo presente constituyen el eje espacio-temporal de la narración, en la que se incluyen flash-backs, perfectamente resueltos por el narrador.

En el texto se abordan someramente los dos grandes temas que inquietan desde su origen a la especie humana, el de la moralidad y el de la mortalidad. Presentados por los griegos clásicos como el eros y el tánatos, y recuperados por Sigmund Freud en su decimonónica teoría de las principales pulsiones humanas. Asimismo, escenifica el grave conflicto que genera el atribuir cualidades sagradas ( el sagrado sacramento del matrimonio ) a lo que es un contrato civil adoptado libremente por las partes y que puede resolverse unilateralmente cuando circunstancias tan graves como el maltrato o la amenaza de un asesinato inminente así lo aconsejan. Una novela , por lo antedicho, muy aconsejable para que sirva de soporte a los necesarios debates en los centros de adoctrinamiento religioso monoteísta ( judío, cristianos y musulmanes ), que habrán de ir aceptando la importancia de la autonomía a la hora de tomar decisiones trascendentales para la integridad física y dignidad moral de la persona. Esta idea choca frontalmente con la arcaica heteronomía que sitúa al ser humano como objeto, nunca como sujeto de su propia experiencia frente a la supuesta voluntad divina o destino fatal. Es decir, le aleja de su destino racional que es una muerte natural, bien sea por accidente o enfermedad, pero nunca por la perversa acción de otro humano. También aborda con claridad un aspecto aparentemente adjetivo en las relaciones de convivencia, que no es otro que el de la corresponsabilidad en las tareas de cuidado de la casa y de la atención a los hijos. Aquí lo apunta como otro indicador, en muchos casos tal vez determinante, de la brutalidad patriarcal.

Novela muy recomendable para leer en el tren, nos animará a pensar sobre la falaz supremacía masculina que está instalada en cualquier hueco de nuestra existencia e intentar hacer algo para extinguirla.

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