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José Luis Gutiérrez
Lunes, 2 de enero de 2017

Transición a la vida adulta

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Cuando alguien me pregunta cuál es el motivo por el que regresamos una y otra vez a Matruchhaya o a Bal Mandir, a pesar de las incomodidades que ello supone, especialmente para mí, tengo que responder que los niños son el verdadero motor de estas iniciativas.

Durante el mes que permanecemos en Matruchhaya o en Bal Mandir, tenemos tiempo de dar y recibir muchísimo amor de estas criaturas excepcionales que han tenido la desgracia de no tener padres, y encuentran en nosotros una pequeña muestra del afecto que deberían recibir durante todos los días del año de sus progenitores.

La actual es la treceava edición de nuestro proyecto "Color en Matruchhaya", que se inició en 2004. Durante todos estos años muchas cosas han cambiado en este orfanato que, comparado con Bal Mandir, parece un hotel de cinco estrellas, aunque también podría decirse que se asemeja a un hospital por lo limpio y ordenado que está. Claro que, según la opinión de algunos de los residentes mayores más inconformistas, Matruchhaya debería compararse con una cárcel por la falta de libertad de sus internos.

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Creo que aquí hemos conocido siete directoras diferentes, aunque la casa se ha gobernado siempre con un estilo similar. Los principales cambios que apreciamos cada año están relacionados con la salida del hospicio de algunos huérfanos, ya sea por su edad o por haber tenido la fortuna de ser dados en adopción, y el ingreso de otros nuevos. Doce años en la vida de un niño es un periodo de tiempo suficientemente amplio como para apreciar grandes cambios en su persona. Me encanta ver a Ashok, Raja, Deep, Kavita o Meetal, a quienes conocimos cuando eran niños pequeños, apunto de convertirse en adultos serios, responsables e independientes; aunque precisamente esa, la preparación para la transición a la vida adulta, en mi opinión, es la asignatura pendiente de Matruchhaya. Sin duda, el ambiente protector y cerrado hacia afuera de la inclusa, dificulta la adaptación de estos jóvenes al mundo exterior en el que tendrán que desenvolverse en su vida adulta.

Una diferencia notable de Matruchhaya con respecto a Bal Mandir es que en Katmandú, cuando los internos abandonan el orfanato por su mayoría de edad, podemos seguir en contacto con ellos, puesto que casi todos siguen viviendo en la capital de Nepal, mientras que aquí los que salen del orfanato habitualmente se establecen en otras ciudades y muy pronto perdemos el contacto. Algunos jóvenes ex Bal Mandir como Kalpana, Sarita, Sunita, Gollendra, Jodish, Netra, Ram, Laxman o recientemente Sudip, Alisa y Suresh, no sólo tienen una estrecha relación con nosotros, sino que además han colaborado o colaboran como voluntarios en el proyecto de Bal Mandir, y algunos de ellos también en el de Matruchhaya.

La primera vez que Jodish participó como voluntario en el proyecto de Matruchhaya (esta es su segunda vez) se sintió inicialmente impresionado por la limpieza, el orden y las comodidades de que disfrutaban los niños que tenían la suerte de vivir en este hospicio, pero después de un mes de convivencia intensa, alojados en el propio orfanato, afirmó que, pese a la pobreza y suciedad de Bal Mandir, si tuviese que elegir uno de estos lugares para vivir, lo preferiría antes que Matruchhaya. La falta de libertad que sufren los habitantes de este orfanato indio resulta especialmente grave cuando los internos alcanzan la mayoría de edad y siguen siendo tratados como niños, con prohibiciones y restricciones que no parecen adecuadas para su edad.

–Mejor aprender de tus propios errores –afirmaba Jodish al comparar la madurez de los jóvenes de ambos orfanatos– que constantemente te estén diciendo lo que puedes o no puedes hacer. De ese modo no se puede madurar.

En los próximos días queremos encontrar ocasión de charlar con la nueva directora de Matruchhaya y explicarle humildemente nuestro punto de vista, sin pretender dar lecciones, pero sobre todo para que Jodish, Netra, Ram y Laxman puedan hablarle de su propia experiencia personal como huérfanos internos de Bal Mandir, un lugar con muchas carencias, sin duda, pero con un alto grado de libertad que facilita la formación de adultos independientes y a la vez responsables.

 

Matruchhaya, a 2 de noviembre de 2016.

José Luis Gutiérrez

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