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Silvia Añover
Jueves, 29 de diciembre de 2016

Dieta mediterránea de papel

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Es prácticamente imposible hacer dieta mediterránea estos días, si no tienes una voluntad de hierro. En esta época se dispara el consumo de turrones y mazapán, así como bombones y demás dulces navideños. Son irresistibles. Admiro a aquellos que van al supermercado y solo compran alimentos sanos, bajos en grasa, en azúcar o con poca sal.

Ya en 2009 se consiguió reducir la cantidad de sal de 22 a 16,3 gramos por kilo de harina, un 25% menos. Fue un acuerdo de Sanidad, las empresas y las CCAA, siguiendo las recomendaciones de Organización Mundial de la Salud (OMS), para bajar uno de los factores que influye en la hipertensión arterial, causa de infartos de miocardio y accidentes cardiovasculares. El hecho de que tenga menos sal no significa que pierda sabor. Porque, según explicaron los panaderos, el trigo se humedece más y el periodo de fermentación es más largo. Este es un buen ejemplo de lo que deberíamos hacer con otros alimentos.

Me parece cruel repartir por el supermercado multitud de productos demasiado apetitosos, tanto dulces como salados. ¿Cómo te resistes a cargar en la cesta algo de embutido grasiento, queso cremoso para untar, patatas fritas de diferentes sabores, frutos secos o aceitunas, por si viene una visita? Y terminas comiéndotelo durante los anuncios de la tele.

Es importante recordar que la Dieta Mediterránea nace, como concepto, después de la Segunda Guerra Mundial, tras un estudio de la población griega al compararla con otros países. Se comprobó que tenían bajas tasas de enfermedades cardiovasculares, menos casos de cáncer y mayor longevidad que muchos de los habitantes norteamericanos, que se supone estaban mejor alimentados. Consumían diariamente verduras y frutas, productos lácteos, poco pescado, y casi nada de carnes rojas. Es decir, que se asemeja a la dieta vegetariana. La comida era un momento de encuentro, de charla. Se disfrutaba despacio. Y siempre se combinaba con ejercicio físico en contacto con la naturaleza, en el huerto, el bosque o la costa. Lamentablemente, después de casi cien años aún no hemos sabido ponerla en práctica con razonable regularidad.

Los expertos en dietética recomiendan hacer una lista de la compra, para evitar aquellos productos que deberíamos consumir esporádicamente. Me refiero a la famosa pirámide alimentaria que se explica en el colegio, y que Karlos Arguiñano utiliza en su programa de cocina.

Y yo me pregunto, ¿por qué son los más abundantes en las estanterías? Al parecer son muy atractivos para nuestro cerebro prehistórico. Antiguamente era muy difícil encontrar azúcar o sal en la naturaleza. Ahora, están ahí, al alcance de la mano; ya que los expertos en marketing conocen muy bien nuestros instintos primitivos. ¿Quién se resiste a llevarse una pizza o una rosca para la cena? ¿O una ensalada con salsa alioli?

Si comemos en casa puede que consigamos el estilo de vida que propone la dieta mediterránea. Pero existe un alto porcentaje de personas, entre ellos nuestros hijos, que comemos fuera. Y no todos tienen la suerte de tener un menú equilibrado controlado por dietistas, como en el comedor del colegio. Lo más probable es que los platos del restaurante cerca del trabajo, vengan cargados de abundante cantidad de hidratos de carbono (arroz, pasta o patatas, casi siempre fritas) Y en la mayoría de los casos sustituimos la fruta por un postre bastante dulce.

Peor sería si fuéramos a cualquier centro comercial. Donde las franquicias han sido en general muy criticadas. Sobre todo las de comida rápida, en donde la hamburguesa con patatas fritas es la estrella. ¿Qué niño no ha consumido alguna vez uno de estos menús? ¿Quién se revela y le pide a su hijo una ensalada con un filete a la plancha? A veces, los únicos que comen así son los que tienen alguna intolerancia al gluten, al huevo, a la leche, etc. Pocos padres se pelean en contra de los deseos de unos niños que reclaman por el producto de moda.

Por tanto, me gustaría proponer que, o bien nos liberan del sentimiento de culpa por comprar lo que está en los expositores de los centros de alimentación; y que pidamos lo que nos apetezca de la carta del bar donde vamos a comer, o bien, que se controle la elaboración de los alimentos. Un buen ejemplo ha sido el que he comentado sobre los niveles de sal en el pan.

A partir del 13 de diciembre de este año ha entrado en vigor una normativa que se aprobó en 2011, y que se lleva aplicando desde finales de 2014, para mostrar la información nutricional de los productos envasados o elaborados. Deben incluir datos sobre valor energético, grasas, grasas saturadas, hidratos de carbono, azúcar, proteínas y sal. Quedarían exentos el agua, la sal, especias, el té o el vinagre y alimentos sin transformar o que solo incluyan un ingrediente. Regula incluso el formato de la letra, “visible, legible e indeleble”.

Estas medidas son muy acertadas, sobre todo para los que estamos obligados a leer detalladamente los componentes por alergias o intolerancias alimentarias. Aun así, deberíamos plantearnos la existencia de algunos platos precocinados poco saludables, que son amigos de los consumidores con escaso tiempo, o con poca motivación para cocinar.

Me temo que hasta que no celebremos el año nuevo, y volvamos a la rutina, solo la báscula nos animará a consumir productos de temporada y evitar los excesos.

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 29 de diciembre de 2016 a las 23:40
Fernando Cotta
Muy buenas noches, muy buena crítica y consejos, pero lo que más me place es la realidad, vuestra coletilla final.
Un besazo

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