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Enrique Bonilla Algovia
Jueves, 14 de abril de 2016

La desigualdad de géneros en el medio rural

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La Constitución Española de 1978, en su artículo 14, expone que “los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. En el mismo sentido, la Declaración Universal de Derechos Humanos expone que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…”. Ahora bien, del dicho al hecho hay un trecho y lo que se escribió sobre el papel es muy distinto de lo que sucede en la sociedad. Por tanto, algo ocurre desde el nacimiento a la edad adulta para que, a pesar de nacer iguales, el género sea uno de los mayores indicadores de desigualdad.

El mes pasado, en un artículo para Zigzag, ya dejé constancia de algunas de las discriminaciones que afectan a las mujeres de nuestro país, discriminaciones de las que apenas se habla y continúan reproduciéndose día tras día debido a un mutismo generalizado. Pero si las desigualdades son incuestionables en el ámbito nacional, éstas se ven acentuadas en las zonas rurales, pues el arraigo cultural tradicional interpone una barrera entre mujeres y hombres, imposibilitando que florezcan las simientes de la igualdad. En este sentido, según el Diagnóstico de la igualdad de género en el medio rural elaborado por el Ministerio de Medio Ambiente, y Medio Rural y Marino (2011), la tasa de empleo masculina es del 72,3% mientras que la femenina es del 49%. Y por si esto fuera poco, la tasa de inactividad en mujeres es del 38,4% mientras que la de los hombres es del 15,1%. ¿Seguimos pensando que somos tratados por igual tal y como dice la Constitución?

Pero no nos tiremos de los pelos aún, que todavía hay más (y lo que no cabe en un artículo). En la misma fuente (MARM, 2011) se expone que el 94,4% de los hombres tiene contrato de jornada completa y, en cambio, de toda la población rural con contratos de jornada parcial el 77,7% son mujeres. Esta desigualdad entre unos y otros se debe a muchos motivos, entre ellos la propia socialización, que fomentan y reproducen unas diferencias que no existen en el momento del nacimiento.

Llegado este momento me gustaría invitaros a reflexionar, pues todo lo dicho no son meros datos, sino que detrás de cada cifra hay millones y millones de mujeres tratadas injustamente incluso en sus propios hogares, aquellos espacios que deberían transmitirles seguridad y, sin embargo, reproducen las discriminaciones sociales. Ante esto, ¿debemos seguir subidos en el tren del silencio? La mayoría diría que no, por lo que me gustaría terminar este artículo dedicado a la mujer rural con las palabras de una de ellas a la que tuve la suerte de entrevistar:

 “Me gustaría que mis hijas estudiasen, tuviesen un trabajo digno y fuesen tratadas con igualdad; además de que no sufriesen discriminación por ser mujeres”.

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