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Esther A. Muñoz
Viernes, 22 de enero de 2016
Joana C. Espinosa, una voluntaria pinteña en Tanzania

“La educación es la única manera de cambiar el mundo”

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Joana Espinosa en Tanzania.

Ha dedicado el último año a ayudar a los demás. La cara del voluntariado en Pinto tiene 24 años, mide casi 1´80, ha estudiado magisterio y se llama Joana. En las faldas del Kilimanjaro, en Moshi, Joana tenía, ni más ni menos, 24 niños: los jóvenes tanzanos a los que ha impartido clase durante el último año.

“¿Por qué elegí un voluntariado internacional? No lo sé, siento que allí lo necesitan más”, explica Joana. ¿Y por qué Tanzania? Por casualidad. Conoció Born to Learn, la ONG con la que ha trabajado durante su estancia en Moshi, por internet. “No elegí Tanzania por nada especial, tenía claro que quería pasar mi año ayudando de manera altruista así que escribí a varias ONG y ellos me respondieron. Fue ésa cómo podía haber sido cualquier otra”, dice sinceramente Joana.

Esta ha sido la primera experiencia de voluntariado para Joana, “y no va a ser la última”, adelanta. “Supe que quería ser voluntaria desde muy pequeña”, cuenta, “durante la carrera siempre lo tenía en mi cabeza, pero no podía hacerlo porque tuve que trabajar siempre a la vez que estudiaba para poder seguir en la Universidad. Cuando terminé y me trasladé a Bélgica para mejorar el inglés me decidí a hacerlo”. “Fue muy rápido”, cuenta sobre su decisión, “apenas pasaron 10 días desde que escribí a Born to Learn hasta que puse un pie en África”.

El impacto | “Recuerdo que me bajé del avión y el calor me impactó. Me fui en diciembre y aquí hacía mucho frío. El sitio donde nos alojábamos era acogedor, con  muchos árboles alrededor, pero la ciudad era tan impactante… todo el mundo estaba en la calle, todo estaba sucio, en el suelo se agolpaba de todo. No sabes diferenciar muy bien qué era una tienda de qué no lo era, todo parece igual, no sabes por donde vas y te cruzas con coches conduciendo como locos. La gente me miró, una cara nueva y blanca, y se me echaron encima para intentar venderme cosas. Recuerdo que entonces dije: Buah… nunca saldré sola, pero la semana siguiente ya estaba saliendo sola. Te empiezan a conocer y a darte menos la lata”, dice Joana con una sonrisa, aunque admite haber pasado miedo en algunos momentos.

“Teníamos bastante precaución, no podíamos salir por la noche a no ser que fuera en un taxi conocido. Sí he sentido miedo. Al final para ellos eras una mujer, es un mundo de hombres, machista, donde les tienes que respetar. Hay un gran índice de violencia de género hacia las mujeres, a las que está permitido pegar y violar”.

Violencia | El peor momento de Joana fue a las pocas semanas de llegar. Estaba en la escuela, frente a su clase había un aula de otro colegio, el profesor era un nativo. De repente, una de las niñas del aula frente a la suya comenzó a gritar. “Jamás había escuchado a alguien gritar de esa manera”, recuerda Joana, “mis chicos me miraron como diciéndome `haz algo´ pero yo estaba  paralizada. Se empezaron a asomar a las ventanas, el profesor tanzano estaba golpeando a la niña sin parar”. La escolar que recibía la paliza tenía 12 o 13 años, los golpes podían ser por cualquier tontería: hablar en clase, fallar una pregunta… “Me tiré unos minutos bloqueada hasta que dije a mis alumnos que vinieran, hicimos un círculo y les pedí que cantaran todo lo alto que pudieran, cantamos tan alto que hasta a mí se me olvidó qué estaba pasando”.

¿Qué podía hacer Joana? “Nada”, revela. “No puedes ir allí y pararlo”, intenta explicar Joana, “ni siquiera nos dejaban tener relación con las familias de los niños, yo he intentado acercarme para conocer el poblado, pero no era algo que estuviera permitido”.  

Aun así, Joana se ha sentido aceptada. “Te tratan bien, dentro de lo que hay”, dice, antes de matizar, “no nos quieren mucho -a los blancos- y lo entiendo”. Allí tienen una premisa: si eres blanco, tienes dinero. “Me ha costado mucho entender por qué nos tenían ese odio, pero es porque ven la diferencia que hay entre ellos y nosotros, esa diferencia existe, así que les entiendo”.

[Img #13515]JOANA ESPINOSA antes de aterrizar en Pinto hace 10 años vivió en la República Dominicana, en Toledo y en distintos barrios de Madrid. Licenciada en Magisterio por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente vive con su madre y su hermano en Pinto.

Siempre ha tenido claro que su futuro estaría vinculado al voluntariado internacional. Decidió dar el paso en diciembre de 2014 viajando a Tanzania junto a la organización Born to Learn. “¿África?, Está muy lejos”, fueron las primeras palabras de la madre de Joana cuando la joven le informó de su decisión. “Pero ya sabía que lo quería hacer desde siempre, así que aunque no le gustase que me fuera, siempre me ha apoyado”. De hecho su madre es la mayor admiradora de su trabajo.

Durante su estancia en Tanzania, la organización ha facilitado alojamiento y manutención gratuita a Joana. “Gracias a eso, el viaje se me ha hecho más asequible, porque al final el voluntariado es caro, no ganas dinero, el precio del billete de avión es alto y además tienes que pagar seguros médicos, vacunas…”.

 

 

La vida | En Tanzania hablan el kiswahili, pero Joana se entendía con sus alumnos en inglés. “La verdad es que el kiswahili al principio parece muy difícil pero en seguida se te hace fácil”, comenta la voluntaria.  Joana vivía en el mismo centro donde impartían las clases y era tutora de uno de los 4 grupos que tenía la escuela de Born to Learn. Daba clases de todo (matemáticas, ciencias, inglés, música...) excepto de arte y kiswahili.

Sus 24 niños la recibieron con mucha timidez. “Allí en Tanzania a los niños en el colegio se les pega, por lo que el primer día me miraban con cautela… al segundo día ya eran como pequeños salvajes”, cuenta riendo. “Me costó una semana hacerme con la clase porque están acostumbrados a que el negro es el que les pega y el blanco no hace esas cosas”, cuenta, “pero terminaron siendo una clase increíble”. En su clase había niños desde los 9 hasta los 16 años, supone Joana: “ellos no conocen la edad que tienen, un día les preguntas y tienen 11 y al siguiente 9”.  

“La pobreza con la que viven…  -comienza Joana intentando encontrar las palabras- viven con tan poco”. Los alumnos de Joana, como el resto de niños de Tanzania, viven en infraviviendas, casas muy pequeñas, con muchos hermanos con quienes comparten habitación y suelo para dormir, ropa rota y sucia y zapatos rajados. “No sé cómo explicarlo, aquí a un niño se le pide que ayude a hacer su cama y poner la mesa, allí no tienen ni cama ni mesa, su labor es traer pesados cubos de agua o enormes trozos de madera para cocinar. He visto a niñas de 5 años haciendo la comida”.

El sustento | La economía de Moshi depende de una enorme plantación de caña de azúcar. “Tienen esclavizado al pueblo”, cuenta Joana, “por lo menos da algo de empleo, pero un empleo miserable”. Los que no trabajan en la plantación lo hacen como conductores de dala-dala (mini autobuses) o de picki-picki (motos). “No hay trabajo para tanta gente pese a que Tanzania es un sitio súper turístico, subir al monte Kilimanjaro cuesta unos 1.500 euros y es una excursión que realizan cerca de 400 personas al día, sin contar con los safaris. Es mucho dinero que se lleva el gobierno, un dinero que evidentemente no repercute en el pueblo”.

Pese a su enorme pobreza, Moshi tiene la gracia de contar con la canalización de un río que abastece a la plantación y de donde su población puede sacar agua. “Supongo que hay sitios todavía peores, donde no hay ni agua”, dice Joana con un suspiro.

La sanidad es otra de las carencias importantes de Tanzania, no es gratuita y por supuesto, es selectiva: “no pueden ir al médico, cuando se ponen enfermos se ponen muy enfermos y de operaciones olvídate, allí no se opera nadie”.

En Tanzania coexisten dos estatus sociales: uno con mucho dinero y otro que no tiene absolutamente nada. El poderoso es vanidoso: “ellos lo muestran, lo lucen y no son nada solidarios con sus hermanos. Tienen poder, lo saben y lo demuestran”. La equidad es imposible en Tanzania porque “al que está mandando no le interesa el cambio”, expone Joana.

[Img #13526]Un voto por una soda | Joana habla sin miramientos sobre la tremenda corrupción que sufre el país. “La policía para a la gente por la calle y le tienen que dar dinero, ‘para el té’, dicen”, revela la de Pinto, “a nosotros no nos piden nada, porque no quieren que veamos que lo hacen”.

Durante su estancia en Moshi, Joana vivió unas elecciones. “Teníamos un plan de evacuación por si se ponían las cosas raras”, cuenta Joana. Al final, ganaron los de siempre. “Estaba el partido `del cambio´ pero amañaron las elecciones y siguió gobernando el mismo. Entonces intenté hablar con algunas de las personas que sabía que habían apoyado `el cambio´”.

“¿Qué piensas, te duele?”, preguntó Joana a los habitantes del poblado. “No”, le respondieron, “ahora lo están haciendo bien”. El gobierno había prometido bajar el precio de la soda (una bebida con gas) y lo había hecho. “Solo quería gritarles: ¡te estás muriendo de hambre, qué más te da una soda!”.

La población tanzana es sumisa e influenciable, en opinión de Joana. “La educación es la única manera de cambiar aquello, ayudarles a pensar”, dice con firmeza. “Les puedes mandar dinero ¿y qué?, con eso pueden vivir un mes o dos, luego siguen teniendo la misma realidad, lo que necesitan es un cambio de mentalidad”, reivindica la pinteña. “Yo valoro que se envíe ropa y enseres, porque se necesitan, pero eso sólo sirve para mantener, no para cambiar”.

“Estoy segura de que la mayoría de las niñas de nuestro colegio tendrán una vida como la de sus madres: parir y limpiar. Pero quizás una decida que no, quizá una haya aprendido que las mujeres y los hombres son iguales porque lo ha visto en nosotros, tenga ideas propias y las sepa sacar adelante”, dice la de Pinto cruzando los dedos.

¿Quién ayuda a quién? | Después de pasar 12 meses sin comprar ropa y subsistiendo a costa de donaciones, Joana ha vuelto a Pinto por Navidad. “Nunca he sido muy consumista, pero ahora todavía menos, he aprendido a ver que no necesito ni un 90% de las cosas que tengo”, relata, “la verdad, me ha impactado llegar en navidades y volver a ver todo el exceso de las compras que hay”.

“Todo el mundo debería ver lo que hay en aquel mundo, es totalmente distinto”, sentencia Joana. A ella le ha cambiado la vida ver la felicidad que desprendían sus niños con lo poco que tienen. “Ellos siguen igual de felices después de haber andado una o dos horas de viaje y dormir en unas condiciones pésimas”.

Tras el desapego, vive echando de menos a sus chicos, mucho. “Allí he echado de menos pocas cosas”, dice, para rectificar inmediatamente: “¡he echado de menos a mi familia, que esto lo lee mi madre!”. También admite que tuvo nostalgia de su colchón: “dormíamos en trozos de espumillón nada cómodos”.

“Volveré”, dice con determinación, “pero no les escribiré, creo que sería muy duro, ellos se han quedado allí y considero que es egoísta que se estén acordando de ti”.

De momento, Joana se queda en España durante un tiempo -“necesito encontrar un trabajo y hacer algo de dinero”, explica- y seguirá formándose en cooperación y desarrollo. “No sé qué haré en la vida, pero será algo enfocado a esto seguro”.

[Img #13528]BORN TO LEARN
La ONG en la que trabajó Joana el año pasado, Born to Learn, es una pequeña organización que se creó en Moshi (Tanzania) hace casi 5 años con la idea de dar educación a niños y niñas de familias sin recursos económicos y que no pueden acceder a la educación. La falta de recursos materiales y humanos hizo que en 2015 el grupo de niños de más edad recibiese las clases bajo un árbol. Además de la educación, todos los días se ofrecen dos comidas básicas a los niños, que suelen ser sus las únicas que tienen.

 

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 25 de enero de 2016 a las 12:02
Educacine
¡Un artículo muy interesante! Por cierto, hablando de educación. ¡La 3ª Edición del Festival Educacine ya está en marcha! del 1 al 4 de febrero en Madrid **** : **** festivaleducacine.es/programacion/

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