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Enrique Bonilla Algovia
Viernes, 22 de enero de 2016

La discriminación de la mujer

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Hoy, dado que es mi primer escrito para Zigzag, me gustaría describiros el día a día en un país singular, pero, a pesar de que querría empezar con buen pie, me temo que mi descripción carece de optimismo y alegría.

Más bien diría que este país desprende todo lo contrario y, para ser sincero, evitando alargar la agonía, diré que se trata de un país realmente injusto y desolador. Un país en el que las desigualdades sociales están a la orden del día y en el que, aunque no se escuche, nacer mujer es uno de los mayores indicadores de desigualdad. En este lugar del que he venido a hablaros, las mujeres perciben salarios inferiores a los hombres a pesar de trabajar en la misma actividad económica, y sus ganancias anuales suponen tan solo el 76% de las ganancias de éstos. Además, los hombres ocupan aquellos puestos de responsabilidad para los que, siendo mujer, las puertas suelen estar vetadas. Pero esto no es todo, puesto que en este país, las desigualdades entre hombres y mujeres no solo se dan en la economía, política o religión, sino que éstas se extienden hasta los propios hogares. En este sentido, las mujeres soportan la pesada carga de dos empleos, el oficial y el extraoficial, viviendo en una cárcel con rejas invisibles a las que se llama trabajo doméstico.

Llegado este momento, queridos lectores, siento deciros que no hemos de trasladarnos ni en el espacio ni en el tiempo para encontrarnos con tal país, pues toda esa sarta de injusticias no son sino una descripción, aunque breve, muy breve, de la realidad social que nos acompaña cada día. Hace escasos meses se dieron a conocer los datos de la Encuesta Anual de Estructura Salarial del año 2013 (Nota de prensa: 24 de junio de 2015) y, además de evidenciar lo ridículo de los sueldos españoles, nos recordaron una vez más que nos encontramos en las antípodas de la igualdad. Una mujer en España gana de media 19.514,58 euros brutos al año mientras que el salario medio para un hombre es de 25.675,17 euros. Sí, no os estoy engañando, la brecha salarial entre hombres y mujeres es superior al millón de las antiguas pesetas, más de 500 euros mensuales. No importa el sector por el que decidamos movernos, pues en todos ellos ocurre lo mismo, las mujeres obtienen menos retribución salarial que los hombres independientemente de que frecuenten las mismas ocupaciones. El mercado laboral está segregado por géneros y, curiosamente, en los trabajos supuestamente “femeninos” la remuneración es más baja. Además, según un estudio del IESE y VidaCaixa (abril de 2014), la pensión media de una mujer es de 659 euros mientras que la de un nombre es de 1067. ¿Por qué existe tal desigualdad? Podemos buscar burdas excusas, argumentos subjetivos que intenten justificar tales datos, pero solo existe una explicación verdaderamente objetiva e inapelable: la discriminación basada en el sexo o discriminación de género.

Pero todo lo dicho, todo lo expuesto, no supone ni un ápice de la verdadera realidad a la que nos enfrentamos cada día. La brecha salarial es un ejemplo evidente del que ni el más conservador puede dudar, pero existen discriminaciones ocultas a nuestros ojos, a nuestros sentidos, que se aúnan y se propagan por la sociedad nublando el ambiente. El paisaje se tiñe de oscuro y los nubarrones ennegrecidos sobrevuelan el cielo, pero todavía nos queda una llave maestra, un puente de suelo férreo y sin fisuras que ni la más fuerte lluvia nos podrá arrebatar, aunque lo estén intentando, LA EDUCACIÓN. He ahí nuestra salvadora, una salvadora de nombre femenino.

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 25 de enero de 2016 a las 14:35
Elena
Bravo, Quique!!
Orgullosa de haber estado con alguien tan grande en clase. Sigue así, te leeré :)

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